Regreso al oeste (17...)

publicado a la‎(s)‎ 16 feb. 2013 14:17 por Xurxo G. G.   [ actualizado el 16 feb. 2013 14:26 ]
Carol... (imagen: Sofía Carvalho)

    Le miré... primero levantando la vista por encima del libro que tenía entre la manos y que ya hacía un buen rato que no leía. Sin mover la cabeza... intentando que no se diera cuenta de mi presencia y menos de mi atención. Era difícil porque entre el banco del parque donde él estaba y el que ocupaba yo, apenas habría cuatro o cinco metros, pero lo intenté durante muchos minutos, quizá demasiados. Después intenté enfocar el infinito con un ojo mientras mantenía el otro atento a la escena...

Era un viejo... uno de tantos viejos que se pueden ver tomando el sol al atardecer en cualquier parque público. En los pliegues del dorso de sus manos se adivinaban bastantes años, no demasiados, pero muchos. La misma piel decía que no era albañil, ni minero, ni carpintero y que la única tierra que habían tocado aquellos dedos largos y huesudos seguramente estaría en una maceta.

Me habían llamado la atención sus ojos, muy claros. En realidad su mirada o más bien como miraba... Estuvo sentado, inmóvil, casi pétreo durante los diez o quince minutos que aquella chica había estado sentada a su lado, acariciando y hablando con su perro... un animal diminuto y vivaracho que parecía entender las palabras de ella perfectamente; o al menos seguía sus indicaciones como si las entendiese.

Miraba al perro... lo miraba ir y venir. Subirse al regazo de su compañera humana, retozar, lamer su cara y sus dedos. Al principio no miraba a la chica; sólo al perro. Su gesto era neutro, intentaba ser neutro, sin embargo en sus ojos se podía leer una enorme pena... una terrible desolación... Finalmente la chica se levantó y cogió su bolso, lo colgó sobre su hombro y se agachó para recoger al perro diminuto; lo acercó a su rostro, le dijo algo, como si se tratase de un bebé, y el perro le lamió la mejilla. Ella le dio un beso y se alejó con el animal debajo del brazo.

Y mientras la chica se alejaba, el viejo metió su cabeza entre las manos y se dobló hasta tener las manos y la cabeza casi sobre las rodillas... se mantuvo en aquella postura unos minutos; después, lentamente, casi con dificultad, introdujo una mano en uno de los bolsillos de la chaqueta de lana, extrajo un pañuelo de papel de un paquetito, se secó las lágrimas, limpió la nariz congestionada y levantó la cabeza.

Entonces me vio... o fue consciente de mi presencia. Yo me sentí “pillado en mi voyeurismo”, sentí unas ganas enormes de no estar allí, de no haber presenciado aquella escena, de poder esfumarme como una pompa de jabón... pero no era posible. Me levanté, me acerqué a su banco, me senté a su lado y dije lo que primero pasó por mi cabeza:

- Puedo hacer algo por usted??

El viejo me miró, indeciso... dijo:

- No

Se levantó y echó a andar en la dirección de la chica y el perro. Luego se paró, dio la vuelta, se acercó a mi y dijo:

- Pero yo si puedo hacer algo por ti... quieres saber por qué lloré??

Supongo que cuanto le pregunté lo que le pregunté él había entendido que yo quería saber... saber la historia que le había emocionado. Fui sincero:

- Si

- No espero que lo entiendas -dijo- simplemente me sentí fatal durante unos minutos; porque me di cuenta de que tenía envidia del perro...

Y... se fue. Se fue dejándome allí con cientos, quizá miles de interrogantes. Por qué un ser humano bien alimentado, bien vestido, puede llegar a sentir aquello?? Pero estaba seguro de que lo había sentido; lo vi en sus ojos claros durante minutos... 


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