Regreso al oeste (5)...

publicado a la‎(s)‎ 18 ago. 2012 3:24 por Xurxo G. G.   [ actualizado el 21 nov. 2012 18:14 ]
        La lluvia sobre la hierba, la niebla en el aire, la humedad...

        Aún hoy, después de treinta años, casi nada puede igualar aquellos momentos, aquellos regresos, aquellos desvíos, aquellos sabores, aquellos aromas; la sonrisa de la abuela mientras miraba como yo daba buena cuenta de lo que ella había sembrado.

Casi siempre sobraba tocino frito porque lo otro me saciaba y porque siempre cortaba de más. Me gustaba picotear en el tocino una vez que estaba frío y la grasa se había solidificado. A veces, unas horas más tarde, antes de partir ponía un par de lonchas, o lo que hubiese sobrado en una rebanada de pan y me lo comía. Era el epílogo pleno, la despedida, la ceremonia había terminado, el tiempo apremiaba, el día llegaba a su fin y era menester partir…

Pero en esta ocasión, no lo recuerdo bien, o tenía tiempo o no tenía prisa y después de comer los ajos me había sentado en la sala a ver llover mientras la abuela dormitaba al lado del fogón. Me había tapado con una pequeña y ligera manta de lana escocesa que siempre llevaba en el coche por los si acasos, ese día era la humedad la responsable de aquella sensación térmica tan molesta y tan por debajo de la temperatura real. Un sopor placentero y anestesiante se había apoderado de mí y después de una luchar brevemente con la somnolencia, pelea en la que participé con poca o ninguna convicción, si acaso, sólo por aquello de ser yo quien por mi propia voluntad cerrase los ojos; me dormí.

Y ahora estaba medio despierto y a través de las pestañas, como entre cortinas, miraba a través de los cristales empañados de la ventana; ya no llovía aunque del tejado seguían cayendo gotas gordas y lentas. Durante unos minutos las observé mientras me desperezaba aún debajo de la manta y; en ese mismo instante lo decidí… no me iría esa tarde, lo haría al día siguiente de madrugada. Me merecía un descanso y por nada del mundo iba a perderme lo que quedaba de día; era seguro que ya no llovería más, al menos, no en unas horas. Nada es seguro y menos que no vaya a llover aquí, en el oeste, pero yo lo creí y fue suficiente.

Había mucha luz, como si toda la lluvia que había caído, además de limpiar la atmósfera reflejara desde el suelo la iluminación azul y blanca que llegaba, poderosa, de un cielo a medio despejar por el que circulaban rápidas algunas nubes blancas y negruzcas. No tenía ganas de levantarme de la tumbona, el sueño no me había abandonado del todo y recordaba perfectamente lo que había soñado mientras dormía y, era tan placentero que ansiaba retomarlo pero… la luz me llamaba y el vaho de los cristales me impedía ver su plenitud.

Me incorporé, eché una cazadora sobre los hombros y salí. Fuera, el olor a mojado era predominante, el suelo intentaba filtrar y tragar el agua caída, la hierba mantenía gotas transparentes en la superficie de sus hojas; sorteé los charcos y caminé lentamente por los senderos intentando, inútilmente, no mojar las botas, hasta un lugar en el que me había sentado muchas otras veces y desde el que, sin embargo, recordaba haber visto paisajes muy diferentes. Había allí un tablón, le di la vuelta y me senté sobre la cara seca, lié y encendí un cigarro de tabaco inglés y me dispuse a mirar, a escuchar, a sentir en mi cara la caricia de la suave brisa; la misma que se llevaba las nubes.

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Xurxo G. G.,
18 ago. 2012 3:24
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