Regreso al oeste (8ª...)

publicado a la‎(s)‎ 2 sept. 2012 10:03 por Xurxo G. G.   [ actualizado el 21 nov. 2012 18:21 ]

En aquellos años me resultaba fácil seguir un viejo proverbio que dice: “actúa según tus propias creencias”. Yo siempre había entendido que no se refería sólo a las creencias religiosas y de todas formas mis diosas y dioses ya estaban en el mismo lugar que ocupan ahora y me acordaba de ellos en uno u otro sentido (para bendecirlos o maldecirlos, para pedirles algo o para pedirles cuentas), de la misma forma que lo sigo haciendo hoy… y ellos, como ahora, por lo general seguían a lo suyo viviendo eternamente y alimentándose de nuestras emociones. Lo tenía mucho más claro que ahora, no pesaba sobre mi ánimo ningún tipo de remordimiento con respecto a mis creencias. Quizá creía que también yo viviría eternamente y por ello pisaba el acelerador del coche; hasta que comenzaba a temblar el volante, sobre los 110 kilómetros por hora y; el de la vida, hasta la extenuación.

Otra cosa bien distinta era el combate si cuartel que mantenía contra todo aquello que amenazase con apartarme de mi camino, la ruta que marcaba aquel otro pensamiento: “sigue tus propios sueños”. No recuerdo donde lo leí por primera vez pero, sí que hizo florecer en mí una convicción, una creencia y la firme determinación de usarla como “brújula”. Sí, eso haría – me había prometido a mí mismo – perseguir mis sueños; esos que siempre me asaltaban cuando estaba despierto. Y eran tantos…

Uno de los más recurrentes, puede que el más importante (quizá por el estigma de los tiempos más recientes) era, la libertad. La auténtica libertad; la del herrerillo. Ninguna otra libertad era comparable a esa; el día anterior lo había pensado una vez más mientras observaba al pajarillo sobre el manzano y ahora, en medio del regreso era incapaz de pensar en otra cosa. Volar… volar sin más límites que los de mis propias fuerzas o las de la naturaleza.

Por eso viajaba tanto, por eso había aceptado un trabajo que me obligaba a recorrer una y otra vez el noroeste del reino, con breves excursiones a la capital y más al este. Sí, claro que habían influido otras cosas, otras consideraciones y tras ellas había ocultado la preponderancia definitiva que había tenido el “no querer estar allí, no de aquella forma, no con aquella vida”; en aquel lugar, más bien en aquella situación en la que me sentía cautivo; preso en contra de mi voluntad y; no vi o, se me fue negado ver, que estaba perdiendo otra libertad de la que había disfrutado hasta entonces: la de decir siempre lo que pensaba; la de no mentir, la de no mentirme a mí mismo.

Pero eso, lo veo claramente hoy. En aquel momento sólo viajaba… viajar, ir de un lado a otro, no estar nunca en el mismo lugar porque, a pesar de la tristeza que me acompañaba en los regresos, el dormir cada noche en un lugar diferente me proporcionaba la sensación de libertad que me hacía feliz. Nunca, en muchos años, me di cuenta de que en realidad esa era otra forma de esclavitud. No quise verlo a pesar de que no faltaba quien me advirtiese de que “aquello no era vida…”. Para mí lo era. Era la mejor de las vidas y no estaba dispuesto a cambiarla, costase lo que costase.

Y tuvo su coste. Y fue tan alto que aún estoy pagando parte de la hipoteca: “sigue tus propios sueños”. Pero… no me arrepiento de haber vidido aquellos días, de aquella forma.

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Xurxo G. G.,
2 sept. 2012 10:04
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